Picardías.

 

 

Con escaso disimulo

despliegas tus arsenales

y, en su alcance sonrosado,

me veo comprometido.

 

Tras estudiar la estrategia,

escogido el escenario,

te camuflas como ingenua

mientras colocas el cebo.

 

Ya está dispuesto el tablero

y las piezas situadas,

y sabes bien que, a este juego,

yo no renuncio por nada.

 

 

Rincón desenvuelto.

 

 

El verano suele ser tiempo de esparcimiento, de improvisación, alegre, vital y, más bien desenfadado. En él, suele ser bastante común huir de las etiquetas o dictados estilísticos, por lo que, cualquier espacio que sea capaz de cubrir las necesidades más básicas ligadas a este periodo, puede convertirse en el aliado perfecto de nuestras apetencias estivales.

Que disfrutéis todos de una muy feliz y “desacomplejada” jornada de domingo.

 

 

Toda una vida en los ojos.

 

 

Conforme pasan los años, resulta inevitable ver como nuestros cuerpos van perdiendo la frescura de la que podían presumir en el pasado y…, a decir verdad, no son pocos los que van dejando que el recuerdo de esa añorada lozanía pese de tal forma en su ánimo que terminan viéndose arrastrados a un pozo de amarga melancolía.

Pero…, también los hay que; a pesar de huellas que el paso del tiempo ha ido dibujando en su piel; han sabido conservar la luz de su mirada. A esos ojos, que como ventanas se abren al mundo, es posible asomarse para comprobar cuán profundo es su fondo y ver lo ingentes que resultan las vivencias que atesoran.

Uno piensa al contemplarlos que, mientras conserven ese porte, continuarán siendo los depositarios de la belleza más pura.

 

Compromisos cotidianos.

 

 

Es lo que surge espontáneo

cuando, a fuerza de costumbre,

se conoce la medida

de un aderezo distinto

al usado comúnmente.

 

Es la unión que se condensa

entre espíritus afines

donde no caben reproches

que desde afuera nos venden

como principios morales.

 

Es un orgullo complejo,

exclusivo e intransferible,

arraigado en lo profundo

de una sana confianza

engendrada con paciencia.

 

Es el gozo compartido

de los momentos comunes,

sin alardes que adulteren

lo esencial de un sentimiento

o su resuelta belleza.

 

Es el hoy vivido libre

sin acomodos superfluos

que nos distraigan del fondo.

 

Es la forma en que reafirmas:

“Me creen nada y lo soy todo”.