Escapadas campestres.

 

 

Situada al noroeste de Varán, la región de Shera es un lugar digno de ser visitado en cualquier momento del año; si bien, en otoño, más si cabe. Su ondulada geografía cuenta con una nutrida presencia de ríos de modestas proporciones que serpentean por cuencas donde se van alternando bosques y  tierras de cultivo. Aquí y allá, salpican el paisaje una pléyade de pintorescas poblaciones y suntuosas haciendas. Sobre estas últimas es donde se sustenta el ordenamiento básico  y el status quo imperante en una zona predominantemente agrícola.

 

 

Sin desmerecer en nada la bucólica opulencia de aquellos complejos que obedecen a la anterior descripción; siempre resulta una grata experiencia deambular, sin un rumbo establecido, por alguno de los muchos asentamientos de menor entidad que jalonan estos parajes o por la intrincada red de caminos y senderos que discurren, en aparente desorden, por entre una tupida foresta o hacen las veces de linde a las fincas que parcelan el terreno.

 

 

Tampoco está de más disfrutar de alguno de los quesos típicos que se elaboran en muchas de sus comarcas o probar el excelente vino blanco que producen estas tierras y que tanta fama le han reportado.

Shera cuenta, además, de cierto encanto atemporal, una pausada cadencia en las formas de sus habitantes (rasgo, este, muy común a todo el ámbito varanita), así como por el hecho de dejarnos sorprendidos por una súbita sensación que trata de convencernos de que todo cuanto nos encontramos está concebido con el firme propósito de perdurar.

 

 

Pero… veo que mi guía ya ha venido a buscarme. Lo dejo aquí por el momento mientras os emplazo a continuar disfrutando de vuestros otoños particulares; que, a buen seguro, os tendrá reservadas multitud de experiencias y oportunos deleites.

 

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Alegato.

 

 

No hace falta ser iguales,

ni, tampoco, diferentes;

simplemente respetarse

y evitar la exclusiones.

 

Unos gustos, una lengua,

una historia o una tierra,

nos definen soberanos

del destino que escribimos.

Pero, a la vez, paralelos,

hay espacios compartidos

que enriquecen y alimentan

lo que se va construyendo.

 

Son caminos que se abren

de tanto hollarlos el grupo.

Recursos que, al compartirse,

destierran al egoísmo.

Simbiosis que beneficia

a todo aquel que se une

generando unas sinergias

que, separados, se pierden.

 

Que cada cual lo interprete

como mejor le convenga,

mas no vale desdecirse

tras haberse pronunciado.

Es por ello que recalco

para dejarlo patente:

no hace falta ser iguales,

ni, tampoco…, diferentes.

 

 

Rincón blanqueado.

 

No es que sea yo demasiado partidario de maquillar la realidad (más allá de algún que otro ejercicio especulativo) o de enmascarar mediante artificios lo que, de cualquier manera, salta a la vista. Pero también es verdad que hay muchos momentos donde prima no dejarse influenciar por las llamadas a protagonizar un antagonismo improductivo. Momentos en los que se hace muy necesario conservar la serenidad y no consentir que nada venga a obnubilar nuestro buen juicio.

En casos como ese, no está de más recurrir a estrategias de contención que bien pueden pasar por aplicar una capa de color a nuestra forma de percibir lo que nos rodea. En lugar de dejar que el poso acumulado por los agravios se apropie de nuestra capacidad de decisión, valerse de una nueva y luminosa pátina con la que clarear nuestro horizonte más inmediato, puede venir bastante bien para dar con un nuevo enfoque algo menos sombrío.

El rincón que hoy he querido mostraros puede servir de ejemplo para que os hagáis una idea aproximada de por dónde pueden ir los tiros.

Que disfrutéis todos de una muy feliz, y “clarividente”, jornada de domingo.

 

Puntualizando.

 

 

Es, la nuestra, una época que parece redactada de corrido. Un párrafo eterno, sin fin ni principios, sin transiciones, sin apenas comas que intercalen; de vez en cuando; una pausa en el discurso. Nada es definitivo, todo es transitorio…, provisional. No hay mensaje, lo único que parece importar es seguir hablando, de lo que sea, no importa que carezca de lógica, que el sentido de una línea contradiga lo que se manifestaba en la anterior. Todo vale con tal de conservar el turno de palabra, todo está permitido si de lo que se trata es de permanecer instalado en el púlpito. El que calla ya no otorga (si es que alguna vez lo hizo), simplemente deja de existir.

Pero… (y es ahí donde reside el origen de esa media sonrisa maliciosa que, cada vez con más frecuencia, viene a asomarse a mi rostro), Qarpadia me ha enseñado que, a la larga, resulta bastante más gratificante rendirse al incuestionable y categórico encanto de los signos de puntuación y a su definida contundencia. Seguidos o aparte, qué admirables resultan, y qué coquetos se nos presentan, desde su irrefutable redondez.