Princesa de otra pasta.

 

 

De esos mundos fabulosos,

que en la niñez se atesoran,

ella extraía esperanza

apuntalando sus días,

y a los monstruos cotidianos

espantaba brevemente

refugiándose en un mundo

colorido y anhelado.

 

Con el paso de los años,

ella y sus cuentos crecieron,

y la virtud de otro tiempo,

poco a poco, fue mutando;

trasformando el escenario

poblado de fantasía;

desdibujando unas formas

que, a la vez, se hacían más claras.

 

Hoy sus miedos son distintos,

si bien ya sabe enfrentarlos,

y los príncipes de antaño

no le ofrecen garantías,

ni su presunta realeza

estimula su mirada,

pues ya conoce las artes

que, entre sombras, se ejercitan.

 

Alejada de oropeles,

perlas, sedas o bordados,

prefiere más los atuendos

de acero y piel bien curtida,

los cordajes que, ceñidos,

dejan su marca en la carne

y el silbido que es anuncio

de unas caricias prohibidas.

 

 

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