Voyeurismo emocional.

 

 

Observaba como aquellas dos jóvenes charlaban animadas y risueñas de sus cosas, ajenas a cualquier cuestión accesoria, centradas en su propio presente. Mientras lo hacía, no pude evitar sentir algo de envidia (envidia sana, no me malinterpretéis), pero que no obedecía ni a la sustancia de su parlamento; sobre el que no estaba prestando demasiada atención; ni al esplendor y lozanía de aquellos cuerpos en la flor de la vida (elemento este, no obstante, bien grato a la vista).

Lo que, en verdad, me tenía fascinado era la ilusión que se desprendía de sus gestos, sus miradas cómplices, en definitiva, de sus actitud. Si bien Qarpadia no resulta ser un lugar demasiado propicio para elucubraciones ingenuas, aquellas dos muchachas conservaban aún una cierta inocencia de carácter, una fortaleza de ánimo derivada de la firme convicción de tener el mundo a sus pies, de que todos sus proyectos; fueran cuales fuesen; terminarían llegando, indefectiblemente, a buen puerto.

A mí, esa serie de razonamientos me pillan algo mayor y; aunque no me considere una persona excesivamente pesimista; me resulta imposible focalizar mis experiencias vitales desde esa óptica de despreocupada complacencia. Aún así, recuerdo el tiempo en que era capaz de disfrutarla, y sé reconocerla cuando la veo en los demás, de tal manera que…; cuando tengo la oportunidad, aunque sólo sea con la mirada; intento apropiarme furtivamente de un poco de esa sustancia perdida.

Llamadme ladrón si queréis, pero tampoco me juzguéis con excesiva severidad.

 

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