Palabras que son ceniza.

 

 

No queda tiempo,

todo es urgente

y, como criaturas desorientadas,

nos movemos veloces

aunque sin rumbo, sin destino,

entrechocando los unos con los otros

en nuestro errático avance,

sin percatarnos de que apenas importa

pues pocos son los que saben

hacia dónde se dirigen.

 

Entre tanto desconcertado propósito,

entre todas esas voces de protesta amplificada,

a duras penas, la razón busca su hueco

en el reducido espacio sobre el que fiamos nuestro futuro,

segmento ínfimo que es el que media entre nuestros ojos

y la punta de nuestras narices.

 

No hay lugar para reflexiones pausadas

y se prescinde de los sabios consejos

que el tiempo, desinteresadamente, nos regala.

Enseñanzas que, otrora, dieron muestras de su valía

languidecen invisibles; que no ocultas,

al alcance de la mano.

Y ese saber accesible permanece enmudecido,

consumido velozmente por la llama del hastío

y reducido a cenizas por alientos exaltados.

 

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