Honestidades deshonestas.

Bla, bla, bla

En el preciso instante en que mis pies hollaron por primera vez el suelo qarpadio fui consciente del factor de relatividad que cualquier tipo de moralidad lleva aparejada. Convendría preguntarse, tras haber sido objeto de semejante “revelación”, si moral y ética son la misma cosa o si, cuanto menos, forman parte de un sólido e indisoluble sistema de valores. Desde mi actual perspectiva, la respuesta al primer supuesto sería un “no rotundo” y…, al segundo, un “no necesariamente”. Digo esto a sabiendas de estar enfrentándome con la irrefutable exactitud que emana del diccionario, pero no está de más recordar que, incluso a las afirmaciones contenidas en tan útil herramienta, les resulta imposible abstraerse de las “variables” culturales e idiomáticas.

Todo esto viene al caso porque; aunque inicialmente ambas voces se consideraran sinónimos; para los qarpadios, el primero de esos términos se ha visto corrompido con el paso de los años y es sobre el segundo sobre el que depositan una mayor confianza a la hora de definir una conducta justa y ecuánime. La moral es discutible y, con frecuencia, suele verse lastrada por algún tipo de “dogma”. La ética, por contra, es única, fácilmente reconocible y no precisa adherirse a ninguna facción o creencia para ser puesta en práctica.

Durante todo este tiempo en que he permanecido empapándome de la distintiva idiosincrasia que define a mis “nuevos paisanos”, me he dado cuenta que la percepción que tienen acerca de esos dos conceptos les hace retratar a la sociedad de la cual provengo como extremadamente moralista y; paradójicamente, a un mismo tiempo; muy poco ética. He de reconocer que no sólo he llegado a comprender los motivos que les mueven a defender dicha postura sino que además, en cierto modo, he comenzado a compartirla, pues, aunque en Qarpadia se recurra con frecuencia a la adopción de determinadas “poses”, jamás se pierde de vista el hecho de que se trata de un recurso meramente estético y no; como viene sucediendo en otros lugares del mundo; una garantía de “corrección”. Determinadas “morales excluyentes” fían su virtud a la apariencia cuando la “ética inclusiva” no precisa de ningún tipo de “aditamentos”.

Palabras inútiles

Entre estas gentes (a juicio de muchos “inmorales”) con las que ahora convivo, he venido a comprender que; en muchas ocasiones; la ética permanece instalada en pequeños detalles escasamente apreciados por los demás y esa es la razón por la cual; en sociedades donde prima un “postureo grandilocuente” y un “exacerbado culto a la personalidad”; comportamientos altruistas y solidarios pasan tantas veces desapercibidos (cuando no son directamente despreciados). Esta circunstancia genera desanimo y, hasta incluso, amargura entre un buen número de personas bien intencionadas que terminan claudicando mientras renuncian a muchas de sus aspiraciones legítimas ante el escaso o nulo mérito que estas parecen ofrecer.

Yo he tenido la suerte de aposentarme en un lugar donde me es posible desprender de mi “mochila personal” ese peso muerto y pensar; tal y como dicen los lugareños; que: “cuando te involucras y te esfuerzas por aquello en lo que realmente crees…, puede que no obtengas todo cuanto te habías propuesto inicialmente, pero ten por seguro que siempre te acabará reportando algo positivo”.

Equipaje

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